NAVIDADES NODOYUNERAS (II)

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    Mucho antes de que existieran tantísimos puestos callejeros donde comprar figuritas para los belenes, cada uno de éstos era de su padre y de su madre. Últimamente, la cosa se ha estandarizado bastante, pero en los 80, la cosa era bien distinta.

    Tras comprobar por enésima vez las listas de la lotería, Mamá Nodoyuna, ya tempranico, se disponía a montar el Belén (o “Nacimiento“, como se decía entonces) Un Belén que, no se sabía como, siempre estaba en el mismo armario, detrás de una misma secuencia de cajas…. Cogerlo era como descifrar el código de una caja fuerte…

    – “Dos cajas a la derecha… Otras dos cajas a la izquierda…

    Y al final, un grito de triunfo: “¡¡¡Aquí está!!!

    El Belén en sí era bastante espectacular… A la familia Nodoyuna siempre le gustaba hacer las cosas a lo grande (a lo Grando Grande, como reza el título de este blog) El Nacimiento típico tenía unas dimensiones “interesantes”, quizá no tan “interesante” como el niño Jesús que aún tiene Mamá Nodoyuna en su habitación, que es, prácticamente, de tamaño natural, pero bastante impresionante, desde luego.

    Durante la estancia de Dieguín en la Mansión Churruca, el Belén se montaba en el interior del hueco de la chimenea (lo cual inhabilitaba el acceso a Papa Noel, pero bueno, en aquellos años, esa moda ni siquiera tenía intenciones de empezar, y Papa Noel, ni estaba en casa, ni se se le esperaba…)

    Aparte del Belén, había como chorrocientas figuritas más, que se iban disponiendo, al voleo, en posiciones distintas cada año. Los Reyes Magos, como era costumbre, se ponían lo más lejos posible del Nacimiento, y se iban acercando poco a poco, según se aproximaba el 6 de enero, aunque en alguna ocasión, se pasaron de frenada y terminaron en el otro extremo del “escenario”, sin mirar al Belén, ni siquiera de reojillo.

    Curiosamente, no había ningún caganet pero claro, eran otros tiempos…

    Posteriormente, tras la caída de la Mansión Churruca y el traslado de Dieguín a su nuevo hogar, los espacios se achicaron bastante, con lo cual, se pasó del derroche de figuras, a un Belén bastante más espartano, en el que solo se ponía lo justo.

    El Belén se terminaba de montar por la tarde, terminando quien más quien menos, un tanto hartos de tanta figurita… ¿Todos?… ¡No!… El recalcitrante Papá Nodoyuna aún tenía arrestos para coger a Dieguín y a su hermano y llevárselos a corretear por las calles malagueñas… ¡¡¡viendo belenes!!!

    Así, en plena tarde / noche, allá que iban los tres a visitar el Belén del Ayuntamiento, el de la Diputación, el de Unicaja, el de la prima segunda del puesto de pipas del Parque, el del Cortinglés, y alguno más que se ponía por delante.

    Dieguín, ya mareado después de ver tanto pastor y conociéndose al dedillo todos los detalles de Belén, Jerusalén, y sus alrededores, lo único que quería ya era volver a su casa y ponerse a ver la tele.

    Pero aún quedaba una pequeña vuelta de tuerca más: ¡¡¡ LA VISITA AL HIPER !!!

    El Hiper, si… (Posteriormente Pryca, luego Pryca Los Patios y, finalmente, Carrefour)

    Y es que, aunque Papá Nodoyuna parecía que tenía acciones en el Corte Inglés, reconocía que, para comprar comidicas y cosas wenas, lo mejor de la época era el Hiper.

    Aquello, que ahora está muy edificadito y muy precioso, en aquella época no era más que un páramo con un hipermercado ahí en medio, al que se llegaba por un camino tipo película de miedo, en la que de vez en cuando se cruzaba un coche y todos rezaban para que no fuese ningún asesino psicópata que les rebanara el pescuezo a todos.

    Finalmente, se llegaba al Hiper sin mayores contratiempos, y comenzaba la compra. Como esta costumbre empezó a tomar forma después del episodio “Kramer contra Kramer” de los padres de Dieguín (y del que ya hablaremos en otro momento), era evidente que la compra de material, digamos, “aprovechable”, estaba más que vetada.

    Es decir, nada de lentejas, leches, arroces ni nada de eso… La idea era comprar guarrerías (chocolates, turrones, frutos secos, más turrones, patatas fritas, peladillas, más turrones…) Lo cierto es que esta prohibición no preocupaba demasiado a Dieguín, y mucho menos a su hermano… Es más, por primera vez le vieron cierto sentido a una prohibición paternal.

    … Y vive Dios que se aprovecharían de ello…

    En todo caso, las cosas no se hacían a lo loco, y según se iban echando cosas al carro de la compra, Papá Nodoyuna iba apuntando los precios en una libreta, y cuando la cosa se iba aproximando al límite estipulado, se daba un primer aviso…

    … Aviso que, por supuesto, era completamente ignorado por Dieguín y su hermano, que tenían otras preocupaciones en la cabeza mucho más interesantes que la contabilidad doméstica, como por ejemplo, ver cual de los dos era capaz de echar al carro la mayor variedad de tipos distintos de turrones…

    Lo cual llevaba implícito un segundo aviso, con la advertencia de que mejor que no hubiera un tercero. Ahí ya si que Dieguín y Antuán se plegaban a los designios de la Matemática.

    Una variación de esto fue cuando a partir de cierto año, Dieguín se extrañó de que su padre no fuera tomando notas. De repente, y dándose la vuelta 180 graditos, contempló como se le venía encima una especie de trolebús enomme, picando precios en una calculadora aún más enomme. Era, ni más ni menos, que la Sra. de Papá Nodoyuna, en su versión 2.o que, desde que la veías aparecer, te entraban ganas de invadir Polonia, dado que la señora en cuestión era, ¡¡como no!!, alemana… Pero alemana alemana, no como esos turistas que se ven por Marbella… Una alemana de las de verdad, y del norte, para más señas, que son un poco bastante más burros que sus compatriotas sureños.

    A partir de entonces, los avisos se quedaban reducidos a dos, y en el segundo de ellos, se establecía una especie de juego “poli bueno – poli malo” entre Papá Nodoyuna y su señora, que parecía sacado de cualquier película de esas de Antena 3 de los fines de semana.

    Por si fuera poco, durante todo el tiempo que duraba la compra, los demás clientes del Hiper observaban atónitos toda la escena, desde la entrada en el supermercado hasta la salida. Y es que, ahora es bastante normal ir controlando los gastos, pero a mediados de los ochenta, eso de ir con una calculadora, apuntando precios y tal, no era, ni mucho menos, habitual.

    De hecho, era bastante raro…

    Una vez terminada la compra, tocaba volver a casa con chorropofocientas bolsas cargadas con otras tantas guarrerías comestibles y/o bebibles. Afortunadamente, y en un alarde de paternidad tardía, Papá Nodoyuna ayudaba a sus hijicos a meter las cosas en el ascensor… Claro que también podría haber ayudado a meter las bolsas en el hogar de Dieguín, pero eso ya no entraba en sus planes.

    Una vez en casa, tocaba vaciar las bolsas y colocar toda la compra… Todo iba más o menos controlado hasta que, de repente, y entre todo el meollo de turrones y bolsas de patatas fritas, aparecía … ¡¡¡ UN PAQUETE DE CAFE DE A KILO !!!

    – “A ver niño, ¿tú has echado un paquete de café al carro?
    – “Para nada, mamá, habrá sido mi hermano
    – “No, yo tampoco he sido, mami
    – “Entonces, habrá sido el joputa de tu padre

    Y es que, ese paquete de café formaba parte de una especie de código secreto entre Papá y Mamá Nodoyuna, que el resto de los mortales no comprendía en absoluto, y que se prestaba a un montón de interpretaciones distintas, a cada cual más descabellada, por supuesto.

    Quizá Dieguín se entere, en algún momento, del significado de ese inesperado paquete de café (porque hasta ahora, ni el Iker Jiménez ese ha sido capaz de descifrarlo)

    Pero mientras tanto, todos seguimos esperando…

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