NAVIDADES NODOYUNERAS (I)

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    La Navidad solía ser un periodo convulso en la ya de por si poco sosegada vida de Dieguín Nodoyuna… Ya hacía años que se había puesto de moda eso de renegar de la Navidad y de sus efectos colaterales, pero en el caso que nos ocupa, la queja estaba más que justificada, en unas semanas que se movían entre lo sublime y lo pintoresco.

    Siempre era igual, todo comenzaba con la misma cantinela matutina… Los Niños de San Ildefonso voceaban números y premios… Mamá Nodoyuna tenía puestas la tele y la radio (si, las dos cosas a la vez) a todo trapo, en una suerte de hipnótico estruendo cuadrafónico.

    Mamá albergaba entonces la posibilidad de que le tocara el gordo de la Lotería de Navidad, alguna vez. Y lo hacía por saturación, comprando cuanta participación y boleto que se le ponía por delante….

    Todo lo contrario que su madre, Awela Nodoyuna, que siempre jugaba, todo pragmatismo ella, al mismo número todos los años. “Alguna vez tocará, digo yo“, solía decir con aplomo… Un argumento irrebatible, sin duda.

    En el caso de Dieguín, el 22 de diciembre, el día de la Lotería de Navidad, tenía un significado un tanto menos prosaico, pero sin duda más placentero:

    ¡¡¡ERA EL ULTIMO DIA DE COLE!!!

    En los 80, Dieguín era un empolloncillo, gafotas para más señas y, aunque fuera por obligación, solía sacar verdaderas notazas en aquellos días, por lo que eso de ir al cole el último día de clase era, para él, poco más que un mero trámite.

    Salía de casa con la cabeza hecha un bombo, por culpa de los niños aquellos y del quadrafonismo sónico maternal.

    Cuando llegaba a clase, los profes repartían las notas a sus alumnos… En ese momento se producía una especie de selección natural, una suerte de lotería escolar, en la que a algunos les tocaban las buenas notas, y a otros… pues no…

    A Dieguín nunca le gustó destacar, y es por ello que, en vez de coronarse como el empollón oficial de la clase, se quedaba siempre en segundo plano, en la retaguardia, como un empollón algo más light, capaz de codearse con la élite, pero sin olvidarse del trato con los más gamberros. Siempre en medio de todo, Dieguín era querido / odiado por igual por todos sus compañeros, sin que ese sentimiento se decantase definitivamente por ninguno de los dos lados.

    Los que lo tenían todo aprobado se volvían para casa, a eso de las diez de la mañana, para solaz y regocijo de padres y maestros, mientras que los menos agraciados se quedaban en clase, obligados a asistir unos pocos días más, para unas “clases de recuperación” que, todo sea dicho, pocas veces daban los resultados deseados.

    Para cuando Dieguín volvía  a casa, los niños de San Ildefonso aún seguían con lo suyo… Y Mamá Nodoyuna, también…

    – “Mira niño, si este cinco, en vez de estar aquí –señalando el boleto- estuviera aquí, nos habría tocado el gordo”

    A lo que Dieguín asentía con la cabeza, sin decir nada, con un gesto entre la pía comprensión beata y la ira contenida.

    Lo más curioso de todo, era que, cuando Dieguín volvía a casa… ¡¡NO LO HACÍA SOLO!!, sino que con él, venían otros afortunados compis de clase, algunos más empollones que otros, pero que, igualmente, habían salido indemnes del reparto de notas.

    Entre cuatro o cinco chavales se arremolinaban alrededor del vetusto Atari 2600, una primitiva consola de videojuegos setentera, que sirvió, entre otras cosas, para que Dieguín se iniciara en el proceloso submundo del ocio informático. Eran tiempos pre-ordenador, y unos años antes de la molesta costumbre que tomó Papá Nodoyuna de encadenar, como si de una vulgar Vespino se tratara, al Commodore-64 (ordenador que sustituyó a la Atari, y con el cual, Dieguín se zambulló, definitivamente, con doble tirabuzón y triple mortal hacia atrás, en el proceloso submundo del bla bla bla…)

    El plan era sencillo: soltar las mochilas en cualquier rincón de la casa, encender la Atari y jugar videojuegos durante varias horas, hasta eso de las dos de la tarde.

    Dieguín tenía una admirable colección de cartuchos de la Atari, dado que, gracias a sus buenas notas, se agenciaba un videojuego nuevo cada mes. Sabedor de su momentánea situación de poder, Dieguín iba sacando los juegos, los probaba y, dependiendo del éxito comunitario, se jugaban en mayor o menor medida. Se jugaba en solitario, se hacían competiciones, liguillas con el juego de fútbol… Todo comprendido en un espacio temporal de dos horas mal contadas. Era la actividad más social que Dieguín se permitía en aquellos años, mucho antes del Facebook y otros engendros del memonio.

    Por supuesto, había un videojuego de Spiderman en el que Spidey, pobre mío, no tenía otra cosa que hacer que escalar paredes de un edificio, intentando que no se le cerraran ventanas a su paso, y esquivando a gente con muy mala uva, que le tiraba macetas, con su flor y todo…

    A eso de las una y media o así, la diversión tocaba a su fin… Se apagaba la Atari y cada cual se disponía a irse a su casa…

    Para entonces, Dogui, el chucho que habitaba la casa, junto a Dieguín, su hermano Antuán y Mamá Nodoyuna, sin duda encolerizado ante la invasión, ya se había meado (varias veces y con alevosía) en las mochilas de los invitados, e incluso, en alguna ocasión, le hizo la caidita de Roma a una de ellas.

    El sorteo de la lotería también había terminado, y con él, las ilusiones de tres cuartas partes del país.

    Los compis de Dieguín iban desfilando por la puerta, algo importunados por llevarse a casa unas mochilas (muy) meadas, pero con la promesa de volver, aún así, el año siguiente. Era el inicio de una especie de tradición friki-navideña, que se seguiría celebrando durante varios años más…

    Mientras, Mamá Nodoyuna, tras revisar los boletos de la lotería y darse cuenta de que no le había tocado nada, y que el único gordo que tenía era su propio hijito, en un alarde de dignidad, levantando el puño y todo, en plan Escarlata O’Hara, gritaba: “¡¡NO PASA NADA, AUN ME QUEDA EL SORTEO DEL NIÑO!!”

    Era el digno colofón de un día extraño por lo inusual, pero que, de alguna manera, daba el pistoletazo de salida de las ¡¡¡NAVIDADES NODOYUNERAS!!!

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